Este es el primero de varios comentarios que se titularán de la misma manera "Martes con mi viejo profesor" y que supondrán un vistazo existencial a las cosas que he aprendido (o recordado) leyendo el libro del mismo título. Por lo tanto, si a alguien no le interesa leer estas rayadas (que por una vez siento como muy constuctivas) que se vaya a leer la revistas del corazón a ver que le pasa a la Pantoja o a alguno de los especímenes "interesantes" de este país.
 
Hace una semana más o menos cayó en mis manos este libro. Sin duda no llegó por casualidad, sino más bien porque alguien que me conoce demasiado bien acertó a ver que este libro llegaría a interesarme de la manera que lo ha hecho. Sinceramente, te envidio sobremanera, porque no es nada fácil tener la oportunidad de conocer a una persona de esta forma, y lo creo con más fuerza después de leer el punto de vista que se plantea en este libro sobre las relaciones personales. Sé que es poco decir GRACIAS, pero aún no sé la forma de prestarte un rato mi alma para que entiendas como me siento en situaciones así…
 
Este libro cuenta la historia de Morrie Schwartz, un profesor de Sociología, en sus últimos momentos de vida. Representa el transcurso de un periodo temporal previsible, ya que Morrie sufre una enfermedad terminal: ELA (Esclerosis Lateral Amiotrófica) que va "matando" poco a poco su sistema nervioso motor sin afectar para nada a su sabiduría que crece con el avance de la enfermedad y por lo tanto con su acercamiento a la muerte.
 
La historia se plantea a través de los ojos de Mitch Albom, autor del libro, y alumno años atrás del profesor Morrie. Sinceramente, es un libro que si te lo tomas en serio es capaz de marcarte por dentro, es capaz de enseñarte cosas que no dejan de ser obvias pero que no siempre vemos así y que plantean una perspectiva vital un tanto idílica pero a la vez real.
 
A mí… me ha llegado de verdad, es más… con el paso de los días, con la reflexión y con el autoaprendizaje que estoy haciendo de las lecciones del profesor Morrie, creo que me va a ayudar a entender algunas cosillas que no terminaba de pillar, pero.. he encontrado algunas pistas en sus explicaciones para intentar encontrar una respuesta. De todas formas, no voy a entrar en demasiada profundidad en los detalles que tienen que ver conmigo, pero voy a intentar exprimir en lo máximo posible sus enseñanzas en este blog, no porque quiera que alguien "aprenda" con ello, yo aún no soy profesor de nada, sino porque me identifico con las palabras que él dice.
 
Tengo unas cuantas frases seleccionadas que iré poniendo en comentarios sucesivos, intentando agruparlas por similitud para que cada uno de los comentarios sea íntegro por sí mismo e independiente de los demás, de forma que el resultado de todos ellos sea complementario.
Nadie debería pensar después de leer todo esto que se me ha vuelto a ir la pinza, ahora ya soy capaz de afrontar mis problemas (sobre todo porque me los provoco yo sólo y nadie más) y aunque no lo fuese, al menos tengo una atmósfera limpia en mi vida que me permite respirar incluso cuando empiezo a ahogarme.
 
En los próximos días seguiré contando cosas, aunque para finalizar me voy a quedar con una de las frases que mejor resume el libro, y que siento como mía, sobre todo teniendo en cuenta que yo también he conocido la figura del profesor que más que informática me ha enseñado a vivir, aunque tengo claro que su presencia en mi vida será continuada, quizá no tan cercana como tiempo atrás, porque los kilómetros una vez más hacen de las suyas en mi vida, pero siempre presente.
 
Sed buen@s.
 
¿Has tenido alguna vez un maestro? ¿Un maestro que te viera como algo en bruto pero precioso, como una joya que, con sabiduría, podía pulirse para darle un brillo imponente? Si tienes la suerte suficiente para encontrar el camino que conduce a maestros así, siempre encontrarás el camino para volver a ellos. A veces sólo está en tu cabeza. A veces está junto a sus lechos.
 
"Descubrí que la vida es ganarle batallas a la soledad" (Luis Ramiro – Mayo de 2002)
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